Dissabte 7 juliol
22.30 h / Escales de la Catedral
 
Sheikh Ahmad Barrayn & Ensemble (Egipte)
Sheikh Ahmad Barrayn, veu i riqq / Fawzy Hafez, Ghab, nây i duf / Saleh Hefny Mohamed, duf i veu / Mahmoud Ahmed Mohamed, veu i naqrân / Salah Mahmoud Abdel Salam, veu i tar
 


Sheikh Ahmad Barrayn nació en 1944 en Deir, cerca de la ciudad de Esnah, en el lado oriental del Nilo, junto a la carretera principal que va a Luxor. Las últimas casas de Deir («convento» en árabe) se pierden entre las dunas del desierto. Según una tradición común de musulmanes y cristianos, al quedarse ciego a los ocho años le destinaron a recibir una educación orientada hacia el canto religioso. Hoy se ha convertido en el principal maddâh del Alto Egipto (Sa·îd).

Nacido en el seno de una familia campesina, y como consecuencia de su enfermedad, su madre lo encaminó al estudio del el arte de la salmodia del Corán. Durante doce años se recluyó en Magaliyah, donde bajo la tutela de su maestro Suliman Hussein de 70 años, aprendió esa técnica vocal. En la búsqueda del arte en el que los balbuceos se mezclan con la tierra, las orillas del Nilo, los gritos de los asnos y las casas junto al agua de la saquieh que irriga los canales, no cabe pensar en otro hombre religioso más que el imán Ibrahim El Beltagui del delta del Nilo, quien bautizó a su décima hija con el nombre de una de las hijas del Profeta: Oum Kalsoum. Como joven campesina, esta fue educada en un kuttab, la escuela coránica del sheikh Abd-el Aziz. Más tarde, siendo aún joven, el Sheikh Barrayn escucharía a Oum Kalsoum, a través de la radio o en viejos discos.

El madîh o madh es un de los géneros cantados más antiguos de la poesía árabe, y esencialmente está consagrado a la alabanza del Profeta o de determinados santos del culto tradicional. A pesar de ello, esta alabanza puede ser profanada y destinada a los invitados de una velada festiva y alegre. Basándose sobre todo en la ambivalencia de la poesía árabe de inspiración sufí, el sheikh Barrayn puede cantar un ghazâl o zaby, una poesía de amorosa destinada a la amada, que en el lenguaje sufí es el símbolo del éxtasis provocado por la percepción y la aproximación divina. Gràcias a un despertar interior, un cúmulo sutil de emociones, el motreb, literalmente el que hace el tarab, capta la emoción provocada por la música, cantada por los gjazâl con un carácter puramente profano que generan las oleadas de placer extraordinariamente descritas por Naguib Mahfouz cuando evoca Abd al Gawwab en El palacio del deseo.

Ahamad Barrayn, utiliza la tradición más clásica conocida como qadîm, y por ello está considerado un artista auténtico, opuesto a una evolución conocida como tatwîr, que se desarrolla siguiendo unos parámetros mucho más occidentales.

Los maddahâhin egipcios son particularmente alegres, ya que de hecho expresan una religiosidad de inspiración popular. Y más si alguno entre ellos ha recibido una educación religiosa, como Ahamab Barrayn, que asistió durante tres años a la Universidad islámica de Al Azhar de El Cairo (donde recibió un diploma por su composición sobre qasîdah Moussa), ya que hace que las canciones poéticas que ellos mismos componen en una lengua semiclásica (a menudo tienen como referencia a un viejo madîh que han conocido) sean más cercanas a la leyenda y a la anécdota tradicional y la moral, que al Corán o a los hadith (testimonios transcritos de la vida del Profeta). El repertorio de maddâh está compuesto por un determinado número de qasîdah, que es el género poético con ritmo y métrica más utilizado por los devotos creyentes en Dios. Impregnado por un cierta reminiscencia fantasmagórica de la vieja salmodia del desierto preislámico, debido a su aspecto narrativo, el qasîdah es la piedra angular de un discurso moralista y rico en metáforas. Su construcción métrica recuerda la salmodia del Corán, por si misma heredera a su vez de la vieja raíz beduina.

El qasîdah, no suele introducir un mawwâl: esta forma poética que tiene sus orígenes en el siglo VIII, sigue ciertas reglas basadas en el antiguo género basît, o sea, 4 hemistiquios con ritmos similares. A lo largo de los siglos se ha convertido en un género muy popular, cantarse en lenguaje popular o lenguaje semiclásico.

Después del mawwâl, esta interpretación poética con ritmo libre, la voz rota y ronca de Ahmad Barrayn se impone gracias a la utilización sutil de ciertos modos y contrastes con el Gharb, la flauta larga de caña utilizada en este estilo de canto. Así, a partir de una actitud en principio crispada e inhibida, lentamente emerge la fuerza de la plenitud. A la altura del rostro, sus dedos golpean y tamborilean sobre la piel, y los cimbales de un pequeño tambor (riqq) que dialoga repetidamente con el naqrazân (o naqayrat), tambor de cuero sobre el que se estira una piel que se sacude con dos tijas de palmera). En esta última percusión es donde esconde el secreto, el fundamento rítmico del universo vocal y religioso del Alto Egipto.

Ahmad Barrayn, con el rostro orientado hacia el cielo, evoca un cuadro orientalista de Delacroix en las plazas de los pueblos del Alto Egipto, canta a las estrellas que solamente puede imaginar. En uno de sus mawwâl dice "todo el mundo llora su propia noche".

Gracias a su erudición, puede cantar dos formas de madîh, el que se basa en el árabe clásico compuesto generalmente por un viejo maestro y el poeta sufi, y un madîh más popular, que presenta particularidades culturales y lingüísticas sa·îdi (del Alto Egipto).





  Gerundenses y aldalucíes en tiempos de una concoexistencia
Dolors Bramon, professora Universitat de Barcelona

Es sabido que casi durante setenta años Girona estuvo bajo dominio islámico: entre el 713 y el 716 cuando reconoció la autoridad andalusí, hasta que el 785, cuando la ciudad pasó a manos de los carolingios. En ambos casos, se entregó sin más a los dominadores de turno. La heroicidad de los sitios vendría más tarde, ya que desde aquel momento la ciudad de Girona y su territorio circundante se convirtieron en el objetivo de diversas algaradas del ejército andalusí. La primera que se conoce se dio durante el verano del 793. Pese a que consta que se instalaron máquinas de guerra que reventaron las torres y los muros de defensa, la ciudad resistió la acometida y los atacantes continuaron camino hacia Narbona, no si antes quemar los arrabales, destruir y saquear las masías de los alrededores y acumular un enorme botín, en hombres y bienes, que fue enviado a Córdoba.

Es evidente que después de aquello, hay que suponer la reconstrucción y restauración de las destruidas murallas de Girona, ya que volvió a aguantar, con éxito, un segundo sitio, que se prolongó desde el 31 de mayo hasta el 29 de junio del 827. Estos datos aparecen en una crónica del siglo XI escrita en árabe, perdida durante los años 1950 y recuperada recientemente.

Posteriormente y gracias a la correcta lectura de dos lugares citados en la susodicha crónica, que tradicional y erróneamente se equiparaban con Narbona y la Cerdanya, se desmintió el ataque a Girona, o al menos contra el territorio gerundense a través del cual el ejército habría pasado en su avance hacia Narbona. Resulta que los topónimos en cuestión correspondían a Ausona - es decir a la actual Vic y a Taradell, - poblaciones que fueron castigadas entre el 22 de agosto y el 20 de setiembre del 841.

Después de la tercera algarada, de la cual se tienen tan pocas noticias que incluso ignoramos la fecha exacta (¿el año 851, o quizás el siguiente?), la ciudad disfrutó de un periodo de tranquilidad de más de 133 años, durante los cuales los habitantes de Girona no sufrieron las agresiones andalusís. Investigaciones recientes han situado en tierras gerundenses una campaña que algunos estudiosos habían localizado en Marsella, Niza y otros lugares del Golfo de León. De nuevo una identificación toponímica más acertada nos ha permitido descifrar la secuencia correcta de las poblaciones atacadas, que seguidamente resumo. Una escuadra califal integrada por 40 barcos, aparejados y armados con fuego griego y otras máquinas de guerra zarpó del puerto de Almería y recaló en Mallorca para aprovisionarse. El primero de julio del año 935, desde la isla se dirigió hacia la costa catalana y atacó Salses y Empúries. A continuación, un destacamento compuesto por quince naves más ligeras remontó, de noche y por sorpresa, el Ter, recalando en el paraje actualmente conocido como Costa Roja, asoló la llanura de Campdorà. En el viaje de vuelta saqueó la masía Massanet, muy cercana Torroella de Montgrí, y los núcleos de Mont-Ras y Pals. Más tarde, las naves destacadas y el resto de la flota pusieron rumbo al sur y el 16 de julio la flota llegó a la llanura del Llobregat donde los andalusís se enfrentaron y destruyeron un escuadrón cristiano.

En esta nueva propuesta de identificación de los diversos topónimos que aparecen- muy depurados- en la única crónica árabe que recoge este episodio, se incluye la novedad del uso de la vía fluvial aproximarse a Girona. A R. Lluch y a mí, la propuesta no nos pareció demasiado arriesgada ya que la navegación por algunos brazos del Ter era totalmente factible, tal como demuestra el saqueo de la canónica agustiniana de Ullà ejecutado por unas naves andalusíes procedentes de Mallorca el año 1178. ¿Quizás era demasiado atrevido suponer que las incursiones fluviales pudieran ser tan profundas?. Los colegas arabistas, historiadores y geógrafos han considerado válida esta hipótesis y ahora, por suerte, tenemos un nuevo elemento que contribuye a reforzarla.

Los resultados de las excavaciones arqueológicas realizadas por José María Nolla y su equipo han localizado en el Camp del Congost un conjunto de silos de época bajo republicana destinados a almacenar los cereales qué más tarde y siguiendo el curso del Ter, serían desembarcados inicialmente en el puerto de Empúries y desde allá continuarían viaje hacia Roma. Estos silos situados cerca del río, aunque situados a suficiente altura para proteger su contenido, deben relacionarse con el oppidun de la montaña de Sant Julià de Ramis. Posteriormente, allí se construyó una fortaleza que se mantuvo activa con los visigodosy hasta la ocupación de Girona por los francos. Si ya era evidente la gran importancia estratégica de este castillo en la vigilancia de la Vía Augusta, actualmente sabemos que también se utilizó para controlar el río, hipótesis que el descubrimiento de los silos ibéricos y la confirmación de los ataques andalusís nos ha permitido establecer.

La última asseifa documentada fue obra del temible Almanzor, quien atacó Girona después de arrasar el castillo de Mont Far, en Llinars del Vallés y a su regreso el castillo de Odena en el valle del mismo nombre (982).