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Sheikh Ahmad Barrayn nació en 1944 en Deir, cerca de
la ciudad de Esnah, en el lado oriental del Nilo, junto a
la carretera principal que va a Luxor. Las últimas
casas de Deir («convento» en árabe) se
pierden entre las dunas del desierto. Según una tradición
común de musulmanes y cristianos, al quedarse ciego
a los ocho años le destinaron a recibir una educación
orientada hacia el canto religioso. Hoy se ha convertido en
el principal maddâh del Alto Egipto (Sa·îd).
Nacido en el seno de una familia campesina, y como consecuencia
de su enfermedad, su madre lo encaminó al estudio del
el arte de la salmodia del Corán. Durante doce años
se recluyó en Magaliyah, donde bajo la tutela de su
maestro Suliman Hussein de 70 años, aprendió
esa técnica vocal. En la búsqueda del arte en
el que los balbuceos se mezclan con la tierra, las orillas
del Nilo, los gritos de los asnos y las casas junto al agua
de la saquieh que irriga los canales, no cabe pensar en otro
hombre religioso más que el imán Ibrahim El
Beltagui del delta del Nilo, quien bautizó a su décima
hija con el nombre de una de las hijas del Profeta: Oum Kalsoum.
Como joven campesina, esta fue educada en un kuttab, la escuela
coránica del sheikh Abd-el Aziz. Más tarde,
siendo aún joven, el Sheikh Barrayn escucharía
a Oum Kalsoum, a través de la radio o en viejos discos.
El madîh o madh es un de los géneros cantados
más antiguos de la poesía árabe, y esencialmente
está consagrado a la alabanza del Profeta o de determinados
santos del culto tradicional. A pesar de ello, esta alabanza
puede ser profanada y destinada a los invitados de una velada
festiva y alegre. Basándose sobre todo en la ambivalencia
de la poesía árabe de inspiración sufí,
el sheikh Barrayn puede cantar un ghazâl o zaby, una
poesía de amorosa destinada a la amada, que en el lenguaje
sufí es el símbolo del éxtasis provocado
por la percepción y la aproximación divina.
Gràcias a un despertar interior, un cúmulo sutil
de emociones, el motreb, literalmente el que hace el tarab,
capta la emoción provocada por la música, cantada
por los gjazâl con un carácter puramente profano
que generan las oleadas de placer extraordinariamente descritas
por Naguib Mahfouz cuando evoca Abd al Gawwab en El palacio
del deseo.
Ahamad Barrayn, utiliza la tradición más clásica
conocida como qadîm, y por ello está considerado
un artista auténtico, opuesto a una evolución
conocida como tatwîr, que se desarrolla siguiendo unos
parámetros mucho más occidentales.
Los maddahâhin egipcios son particularmente alegres,
ya que de hecho expresan una religiosidad de inspiración
popular. Y más si alguno entre ellos ha recibido una
educación religiosa, como Ahamab Barrayn, que asistió
durante tres años a la Universidad islámica
de Al Azhar de El Cairo (donde recibió un diploma por
su composición sobre qasîdah Moussa), ya que
hace que las canciones poéticas que ellos mismos componen
en una lengua semiclásica (a menudo tienen como referencia
a un viejo madîh que han conocido) sean más cercanas
a la leyenda y a la anécdota tradicional y la moral,
que al Corán o a los hadith (testimonios transcritos
de la vida del Profeta). El repertorio de maddâh está
compuesto por un determinado número de qasîdah,
que es el género poético con ritmo y métrica
más utilizado por los devotos creyentes en Dios. Impregnado
por un cierta reminiscencia fantasmagórica de la vieja
salmodia del desierto preislámico, debido a su aspecto
narrativo, el qasîdah es la piedra angular de un discurso
moralista y rico en metáforas. Su construcción
métrica recuerda la salmodia del Corán, por
si misma heredera a su vez de la vieja raíz beduina.
El qasîdah, no suele introducir un mawwâl: esta
forma poética que tiene sus orígenes en el siglo
VIII, sigue ciertas reglas basadas en el antiguo género
basît, o sea, 4 hemistiquios con ritmos similares. A
lo largo de los siglos se ha convertido en un género
muy popular, cantarse en lenguaje popular o lenguaje semiclásico.
Después del mawwâl, esta interpretación
poética con ritmo libre, la voz rota y ronca de Ahmad
Barrayn se impone gracias a la utilización sutil de
ciertos modos y contrastes con el Gharb, la flauta larga de
caña utilizada en este estilo de canto. Así,
a partir de una actitud en principio crispada e inhibida,
lentamente emerge la fuerza de la plenitud. A la altura del
rostro, sus dedos golpean y tamborilean sobre la piel, y los
cimbales de un pequeño tambor (riqq) que dialoga repetidamente
con el naqrazân (o naqayrat), tambor de cuero sobre
el que se estira una piel que se sacude con dos tijas de palmera).
En esta última percusión es donde esconde el
secreto, el fundamento rítmico del universo vocal y
religioso del Alto Egipto.
Ahmad Barrayn, con el rostro orientado hacia el cielo, evoca
un cuadro orientalista de Delacroix en las plazas de los pueblos
del Alto Egipto, canta a las estrellas que solamente puede
imaginar. En uno de sus mawwâl dice "todo el mundo
llora su propia noche".
Gracias a su erudición, puede cantar dos formas de
madîh, el que se basa en el árabe clásico
compuesto generalmente por un viejo maestro y el poeta sufi,
y un madîh más popular, que presenta particularidades
culturales y lingüísticas sa·îdi
(del Alto Egipto).
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Gerundenses
y aldalucíes en tiempos de una concoexistencia
Dolors Bramon,
professora Universitat de Barcelona |
Es sabido que casi durante setenta años Girona estuvo
bajo dominio islámico: entre el 713 y el 716 cuando
reconoció la autoridad andalusí, hasta que el
785, cuando la ciudad pasó a manos de los carolingios.
En ambos casos, se entregó sin más a los dominadores
de turno. La heroicidad de los sitios vendría más
tarde, ya que desde aquel momento la ciudad de Girona y su
territorio circundante se convirtieron en el objetivo de diversas
algaradas del ejército andalusí. La primera
que se conoce se dio durante el verano del 793. Pese a que
consta que se instalaron máquinas de guerra que reventaron
las torres y los muros de defensa, la ciudad resistió
la acometida y los atacantes continuaron camino hacia Narbona,
no si antes quemar los arrabales, destruir y saquear las masías
de los alrededores y acumular un enorme botín, en hombres
y bienes, que fue enviado a Córdoba.
Es evidente que después de aquello, hay que suponer
la reconstrucción y restauración de las destruidas
murallas de Girona, ya que volvió a aguantar, con éxito,
un segundo sitio, que se prolongó desde el 31 de mayo
hasta el 29 de junio del 827. Estos datos aparecen en una
crónica del siglo XI escrita en árabe, perdida
durante los años 1950 y recuperada recientemente.
Posteriormente y gracias a la correcta lectura de dos lugares
citados en la susodicha crónica, que tradicional y
erróneamente se equiparaban con Narbona y la Cerdanya,
se desmintió el ataque a Girona, o al menos contra
el territorio gerundense a través del cual el ejército
habría pasado en su avance hacia Narbona. Resulta que
los topónimos en cuestión correspondían
a Ausona - es decir a la actual Vic y a Taradell, - poblaciones
que fueron castigadas entre el 22 de agosto y el 20 de setiembre
del 841.
Después de la tercera algarada, de la cual se tienen
tan pocas noticias que incluso ignoramos la fecha exacta (¿el
año 851, o quizás el siguiente?), la ciudad
disfrutó de un periodo de tranquilidad de más
de 133 años, durante los cuales los habitantes de Girona
no sufrieron las agresiones andalusís. Investigaciones
recientes han situado en tierras gerundenses una campaña
que algunos estudiosos habían localizado en Marsella,
Niza y otros lugares del Golfo de León. De nuevo una
identificación toponímica más acertada
nos ha permitido descifrar la secuencia correcta de las poblaciones
atacadas, que seguidamente resumo. Una escuadra califal integrada
por 40 barcos, aparejados y armados con fuego griego y otras
máquinas de guerra zarpó del puerto de Almería
y recaló en Mallorca para aprovisionarse. El primero
de julio del año 935, desde la isla se dirigió
hacia la costa catalana y atacó Salses y Empúries.
A continuación, un destacamento compuesto por quince
naves más ligeras remontó, de noche y por sorpresa,
el Ter, recalando en el paraje actualmente conocido como Costa
Roja, asoló la llanura de Campdorà. En el viaje
de vuelta saqueó la masía Massanet, muy cercana
Torroella de Montgrí, y los núcleos de Mont-Ras
y Pals. Más tarde, las naves destacadas y el resto
de la flota pusieron rumbo al sur y el 16 de julio la flota
llegó a la llanura del Llobregat donde los andalusís
se enfrentaron y destruyeron un escuadrón cristiano.
En esta nueva propuesta de identificación de los diversos
topónimos que aparecen- muy depurados- en la única
crónica árabe que recoge este episodio, se incluye
la novedad del uso de la vía fluvial aproximarse a
Girona. A R. Lluch y a mí, la propuesta no nos pareció
demasiado arriesgada ya que la navegación por algunos
brazos del Ter era totalmente factible, tal como demuestra
el saqueo de la canónica agustiniana de Ullà
ejecutado por unas naves andalusíes procedentes de
Mallorca el año 1178. ¿Quizás era demasiado
atrevido suponer que las incursiones fluviales pudieran ser
tan profundas?. Los colegas arabistas, historiadores y geógrafos
han considerado válida esta hipótesis y ahora,
por suerte, tenemos un nuevo elemento que contribuye a reforzarla.
Los resultados de las excavaciones arqueológicas realizadas
por José María Nolla y su equipo han localizado
en el Camp del Congost un conjunto de silos de época
bajo republicana destinados a almacenar los cereales qué
más tarde y siguiendo el curso del Ter, serían
desembarcados inicialmente en el puerto de Empúries
y desde allá continuarían viaje hacia Roma.
Estos silos situados cerca del río, aunque situados
a suficiente altura para proteger su contenido, deben relacionarse
con el oppidun de la montaña de Sant Julià de
Ramis. Posteriormente, allí se construyó una
fortaleza que se mantuvo activa con los visigodosy hasta la
ocupación de Girona por los francos. Si ya era evidente
la gran importancia estratégica de este castillo en
la vigilancia de la Vía Augusta, actualmente sabemos
que también se utilizó para controlar el río,
hipótesis que el descubrimiento de los silos ibéricos
y la confirmación de los ataques andalusís nos
ha permitido establecer.
La última asseifa documentada fue obra del temible
Almanzor, quien atacó Girona después de arrasar
el castillo de Mont Far, en Llinars del Vallés y a
su regreso el castillo de Odena en el valle del mismo nombre
(982).
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