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Joan Carbó Estudió órgano con la profesora
Maria Nacy en el Conservatorio Superior de Música Municipal
de Barcelona, y obtuvo el Premio de Honor de grado medio.
Amplió su formación en diversos cursos internacionales
de órgano con los profesores Michel Radulescu, Daniel
Roth, y Andreas Schöeder.
Como solista ha realizado conciertos en los ciclos «L'Orgue
de la Catedral de Barcelona», «El festival d'Orgue
de Santa Maria de Maó», a Menorca, «L'orgue
Blancafort dels Caputxins de Sarrià», y en los
órganos de Sitges, Vilafranca del Penedès, y
Santa María del Mar de Barcelona.
Además ha grabado para la emisora de radio «Catalunya
Música», y en este momento colabora con diversas
formaciones instrumentales y vocales con las orquestas de
cámara de Vilafranca del Garraf, o el coro Lerània.
Es profesor de órgano de la escuela de música
«Pau Casals» del Vendrell.
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La encarnación
sonora de los misterios cristianos
Oriol Pérez i Treviño,
musicòleg i professor de l'escola Eina |
A pesar de la oposición inicial de la primitiva iglesia
cristiana respecto del órgano- debido en buena medida
a la procedencia pagana del instrumento que ya encontramos
documentada en diversos escritos de san Agustín y san
Ambrosio- con el discurrir de los siglos el órgano
se fue incorporando a las celebraciones litúrgicas
y, ya en el siglo VI después de Cristo, San Isidoro
de Sevilla, recoge la presencia habitual del conocido como
rey de los instrumentos en el interior de la iglesia.
Desde un principio al establecerse una estrecha relación
entre el uso del instrumento y el desarrollo de la liturgia
con la intención provocar una profunda experiencia
(Erfahrung) en la conciencia del devoto o creyente, se quiso
potenciar su presencia por encima de las funciones del simple
acompañamiento del ritual litúrgico. Esta era
la experiencia que debía conducir a la fuente de revelación
de los secretos y los misterios de todas aquellas realidades
que siendo parte, esencial de la creencia cristiana, difícilmente
podían comprenderse en toda su verdad y su fuerza si
no era a través de una experiencia personal y análoga
a la que se quería provocar con la audición
de determinadas obras musicales y en especial las escritas
para órgano.
Es evidente que la distancia que separa el testimonio de
San Isidoro de las diferentes escuelas musicales y de órgano
nacidas en Europa a partir del siglo XV hasta nuestros días,
es enorme, pero el denominador común de todas ellas
es siempre la búsqueda de una vía que permita
vivir íntimamente alguno de los misterios fundamentales
de la teología cristiana que concretaremos en estas
líneas, con dos de los versículos más
conocidos del Evangelio según san Juan: «En el
principio era el Verbo», (Juan 1; 1) y «Yo y mi
Padre somos uno» (Juan 10; 30), La elección de
estos dos versículos, no esen absoluto gratuita Precisamente,
san Juan y su Evangelio fueron las fuentes escogidas por Johanes
Brams para explicarle al metafísico norteamericano
Arthur M.Abell los misterios que rodeaban el proceso de composición
y la relación de estos procesos con la divinidad. En
este sentido, en los dos conciertos en los que el órgano
estará presente en este II Festival de Músiques
Religoses del Món de Girona, la naturaleza de las dos
intenciones músicoreligiosas puede explicarse a través
de los dos versículos citados.
En el principio era el Verbo Según las ciencias musicales,
es muy probable que el origen de la música acompañada
del bajo continuo sea más antiguo en el género
profano que en el religioso, pero la publicación en
1602 de los Cento concerti ecclesiastici... con il basso continuo
de Lodovico Viadana popularizó el término "bajo
continuo." A pesar de que en la escritura musical de
Viadana nos encontramos una escritura del basso totalmente
independiente, que la distingue de la estética del
basso seguente de los Banchieri y Striggio, fueron los compositores
posteriores los que en este tipo de acompañamiento
denotaron una profundización en las necesidades expresivas
y semánticas del texto que, no podemos olvidar, propugnaba
el llamado stile recitativo. Fue así como, rápidamente,
compositores como Claudio Monteverdi y en años posteriores,
Angelo Rossi y Maurizio Cazzati (y por extensión hasta
los compositores del último barroco) apostaron por
la composición de obras litúrgicas con un estilo
paralelo al impulsado desde el género operístico.
Si la opera, nacida bajo los auspicios de la Camerata de
Bardi cuando se descubrió que las antiguas obras teatrales
griegas eran cantadas y no declamadas, había apostado
por el citado stile recitativo o rappresentativo, como propuesta
de imitación del teatro clásico griego, este
mismo estilo fue considerado una forma de acercamiento al
Verbo del cual nos habla san Juan en el inicio del Evangelio.
A pesar de que la complejidad del tema transciende el espacio
de este articulo, no podemos obviar que la naturaleza esencial
del Verbo primogénito, en diferentes cosmogonías
y tradiciones religiosas y filosóficas, se ha descrito
como un corpus perfectamente armónico entre la voz
(palabra) y el sonido (música). El trágico desgarro
entre las dos realidades -una ruptura que nos remitiría
al problemático y mitificado tema del pecado original
-es lo que ha provocado, en la mayoría de las civilizaciones
y culturas del mundo, la búsqueda de la música
por parte de la palabra (¿no afirmamos siempre que
la poesía busca su musicalidad?), y la voz por parte
de la música (¿no era Brahms quien aseguraba
que el violoncelo era el instrumento que más se parecía
a la voz humana, o Marin Marais lo afirmaba de la viola de
gamba?). Con todo, los intentos por conciliar la música
y el texto han sido una de las constantes en la historia de
la música. En el caso de las composiciones litúrgicas
con bajo continuo, su propuesta, ya no parece tan solo un
intento de conciliación sino un intento de que el oyente
viva la verdad y la belleza de unos textos que con la estética
del stilo rappresentativo, parece querer acercarnos a la naturaleza
del principio de todas las cosas, que se manifiesta en el
Verbo. Un Verbo obviamente, que ensambla armónicamente
voz y música.
Yo y mi padre somos uno Si la estética del bajo continuo
de la música religiosa intenta recrear el Verbo, principio
de la totalidad que se afirma en una sola unidad, la música
para órgano solo intenta «unir el alma humana
del creyente con la fuerza central todopoderosa, de la cual
proviene el principio de la vida y a la cual todos debemos
nuestra existencia». A pesar que estas palabras transcendentes
son de Richard Wagner y se escapan del contexto de la música
para órgano, un organista completo y absoluto como
Johann Sebastian Bach estaba convencido que «el órgano
es el fundamento mas seguro de la música, con una causa
y un fin último, honrar a Dios y recrear el espíritu».
¿ Honrar a Dios? ¿ Recrear el espíritu?
¿Son tan sólo expresiones retóricas,
o verdaderamente obedecen a la convicción de que la
música como manifestación sonora, proveniente
de la vibración de la materia, puede activar la fuerza
vibratoria universal que, a juicio de Wagner, es la que une
el alma humana con la Fuerza central todopoderosa, o sea bajo
el prisma del cristianismo con Dios?
Sentir-se absolutamente fusionado en el, interior de una
arquitectura musical, construida a partir del tejido sonoro
del instrumento del órgano, puede ser una vía
para sentirse más cercano a Dios. Sólo así
se puede entender la presencia constante del instrumento en
el interior de los templos cristianos. Consecuentemente, el
órgano deja de ser una mera presencia física
y pasa a ser el medio sonoro que le proporcionará al
fiel la oportunidad de mantener un peculiar trato con Dios
y demostrarle que el yo más profundo de uno mismo forma
parte de un Todo.
Más allá de las diferencias estilísticas
y estéticas que podemos apreciar en las diferentes
obras para órgano en el transcurso del festival (desde
la maestría de Bach, hasta el profundo misticismo de
Oliver Messiaen, pasando por una interesante muestra de la
escuela catalana del siglo dieciocho con ejemplos de Baguer,
Gallés y Casanoves) todas intentan corroborar el misterio
expresado por san Juan: poder reconocer a través de
una vivencia maravillosa y venerable que todos nosotros somos
uno con el Creador.
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