Dilluns 2 juliol
20.00 h / a la Catedral
 
Jonatan Carbó, orgue
 
Messiaen: Dieu parmi nous (9a meditació sobre La Nativité du Ségnier) / Bach: Preludi de coral Allein Gott in der Hšh sei Ehr, BWV 662 / Preludi i Fuga en do major, BWV 547 / Preludi de coral Allein Gott in der Hšh sei Ehr, BWV 663 / Reger: Fantasia sobre el coral Halleluja! Gott zu loben, op. 52/3
 


Joan Carbó Estudió órgano con la profesora Maria Nacy en el Conservatorio Superior de Música Municipal de Barcelona, y obtuvo el Premio de Honor de grado medio. Amplió su formación en diversos cursos internacionales de órgano con los profesores Michel Radulescu, Daniel Roth, y Andreas Schöeder.

Como solista ha realizado conciertos en los ciclos «L'Orgue de la Catedral de Barcelona», «El festival d'Orgue de Santa Maria de Maó», a Menorca, «L'orgue Blancafort dels Caputxins de Sarrià», y en los órganos de Sitges, Vilafranca del Penedès, y Santa María del Mar de Barcelona.

Además ha grabado para la emisora de radio «Catalunya Música», y en este momento colabora con diversas formaciones instrumentales y vocales con las orquestas de cámara de Vilafranca del Garraf, o el coro Lerània. Es profesor de órgano de la escuela de música «Pau Casals» del Vendrell.



  La encarnación sonora de los misterios cristianos
Oriol Pérez i Treviño, musicòleg i professor de l'escola Eina

A pesar de la oposición inicial de la primitiva iglesia cristiana respecto del órgano- debido en buena medida a la procedencia pagana del instrumento que ya encontramos documentada en diversos escritos de san Agustín y san Ambrosio- con el discurrir de los siglos el órgano se fue incorporando a las celebraciones litúrgicas y, ya en el siglo VI después de Cristo, San Isidoro de Sevilla, recoge la presencia habitual del conocido como rey de los instrumentos en el interior de la iglesia.

Desde un principio al establecerse una estrecha relación entre el uso del instrumento y el desarrollo de la liturgia con la intención provocar una profunda experiencia (Erfahrung) en la conciencia del devoto o creyente, se quiso potenciar su presencia por encima de las funciones del simple acompañamiento del ritual litúrgico. Esta era la experiencia que debía conducir a la fuente de revelación de los secretos y los misterios de todas aquellas realidades que siendo parte, esencial de la creencia cristiana, difícilmente podían comprenderse en toda su verdad y su fuerza si no era a través de una experiencia personal y análoga a la que se quería provocar con la audición de determinadas obras musicales y en especial las escritas para órgano.

Es evidente que la distancia que separa el testimonio de San Isidoro de las diferentes escuelas musicales y de órgano nacidas en Europa a partir del siglo XV hasta nuestros días, es enorme, pero el denominador común de todas ellas es siempre la búsqueda de una vía que permita vivir íntimamente alguno de los misterios fundamentales de la teología cristiana que concretaremos en estas líneas, con dos de los versículos más conocidos del Evangelio según san Juan: «En el principio era el Verbo», (Juan 1; 1) y «Yo y mi Padre somos uno» (Juan 10; 30), La elección de estos dos versículos, no esen absoluto gratuita Precisamente, san Juan y su Evangelio fueron las fuentes escogidas por Johanes Brams para explicarle al metafísico norteamericano Arthur M.Abell los misterios que rodeaban el proceso de composición y la relación de estos procesos con la divinidad. En este sentido, en los dos conciertos en los que el órgano estará presente en este II Festival de Músiques Religoses del Món de Girona, la naturaleza de las dos intenciones músicoreligiosas puede explicarse a través de los dos versículos citados.

En el principio era el Verbo Según las ciencias musicales, es muy probable que el origen de la música acompañada del bajo continuo sea más antiguo en el género profano que en el religioso, pero la publicación en 1602 de los Cento concerti ecclesiastici... con il basso continuo de Lodovico Viadana popularizó el término "bajo continuo." A pesar de que en la escritura musical de Viadana nos encontramos una escritura del basso totalmente independiente, que la distingue de la estética del basso seguente de los Banchieri y Striggio, fueron los compositores posteriores los que en este tipo de acompañamiento denotaron una profundización en las necesidades expresivas y semánticas del texto que, no podemos olvidar, propugnaba el llamado stile recitativo. Fue así como, rápidamente, compositores como Claudio Monteverdi y en años posteriores, Angelo Rossi y Maurizio Cazzati (y por extensión hasta los compositores del último barroco) apostaron por la composición de obras litúrgicas con un estilo paralelo al impulsado desde el género operístico.

Si la opera, nacida bajo los auspicios de la Camerata de Bardi cuando se descubrió que las antiguas obras teatrales griegas eran cantadas y no declamadas, había apostado por el citado stile recitativo o rappresentativo, como propuesta de imitación del teatro clásico griego, este mismo estilo fue considerado una forma de acercamiento al Verbo del cual nos habla san Juan en el inicio del Evangelio.

A pesar de que la complejidad del tema transciende el espacio de este articulo, no podemos obviar que la naturaleza esencial del Verbo primogénito, en diferentes cosmogonías y tradiciones religiosas y filosóficas, se ha descrito como un corpus perfectamente armónico entre la voz (palabra) y el sonido (música). El trágico desgarro entre las dos realidades -una ruptura que nos remitiría al problemático y mitificado tema del pecado original -es lo que ha provocado, en la mayoría de las civilizaciones y culturas del mundo, la búsqueda de la música por parte de la palabra (¿no afirmamos siempre que la poesía busca su musicalidad?), y la voz por parte de la música (¿no era Brahms quien aseguraba que el violoncelo era el instrumento que más se parecía a la voz humana, o Marin Marais lo afirmaba de la viola de gamba?). Con todo, los intentos por conciliar la música y el texto han sido una de las constantes en la historia de la música. En el caso de las composiciones litúrgicas con bajo continuo, su propuesta, ya no parece tan solo un intento de conciliación sino un intento de que el oyente viva la verdad y la belleza de unos textos que con la estética del stilo rappresentativo, parece querer acercarnos a la naturaleza del principio de todas las cosas, que se manifiesta en el Verbo. Un Verbo obviamente, que ensambla armónicamente voz y música.

Yo y mi padre somos uno Si la estética del bajo continuo de la música religiosa intenta recrear el Verbo, principio de la totalidad que se afirma en una sola unidad, la música para órgano solo intenta «unir el alma humana del creyente con la fuerza central todopoderosa, de la cual proviene el principio de la vida y a la cual todos debemos nuestra existencia». A pesar que estas palabras transcendentes son de Richard Wagner y se escapan del contexto de la música para órgano, un organista completo y absoluto como Johann Sebastian Bach estaba convencido que «el órgano es el fundamento mas seguro de la música, con una causa y un fin último, honrar a Dios y recrear el espíritu». ¿ Honrar a Dios? ¿ Recrear el espíritu? ¿Son tan sólo expresiones retóricas, o verdaderamente obedecen a la convicción de que la música como manifestación sonora, proveniente de la vibración de la materia, puede activar la fuerza vibratoria universal que, a juicio de Wagner, es la que une el alma humana con la Fuerza central todopoderosa, o sea bajo el prisma del cristianismo con Dios?

Sentir-se absolutamente fusionado en el, interior de una arquitectura musical, construida a partir del tejido sonoro del instrumento del órgano, puede ser una vía para sentirse más cercano a Dios. Sólo así se puede entender la presencia constante del instrumento en el interior de los templos cristianos. Consecuentemente, el órgano deja de ser una mera presencia física y pasa a ser el medio sonoro que le proporcionará al fiel la oportunidad de mantener un peculiar trato con Dios y demostrarle que el yo más profundo de uno mismo forma parte de un Todo.

Más allá de las diferencias estilísticas y estéticas que podemos apreciar en las diferentes obras para órgano en el transcurso del festival (desde la maestría de Bach, hasta el profundo misticismo de Oliver Messiaen, pasando por una interesante muestra de la escuela catalana del siglo dieciocho con ejemplos de Baguer, Gallés y Casanoves) todas intentan corroborar el misterio expresado por san Juan: poder reconocer a través de una vivencia maravillosa y venerable que todos nosotros somos uno con el Creador.